Sonia Díez, educadora y psicóloga: «Los niños crecen sin conversación, están solos emocionalmente»

Fundación Educacción
29 de octubre de 2025
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Según la experta, el sistema ha fracasado: En la escuela debería haber espacio para pensar, escucharse, equivocarse y aprender de ello.

Las aulas deberían ser espacios donde los niños y las niñas se sientan seguros, valiosos y capaces de aportar al mundo. Por contra, los datos que arroja el I Barómetro EducAcción hablan de que el 71% de la ciudadanía cree que no disfrutan del aprendizaje en las aulas ni se garantiza su bienestar general. Esto se refleja en las preocupaciones más generalizadas: no se toman las suficientes medidas sobre la prevención del suicidio (70%), la ansiedad (71%), las adicciones (69%) y la agresividad (69%). Y si falla el sistema, la preparación integral de los niños para la edad adulta (y no hablamos sólo de títulos académicos) también falla.

«Estamos poniendo en riesgo su bienestar y su autoestima en un momento en que más que nunca necesitan sentirse empoderados. Solo así podrán desplegar su talento y asumir con responsabilidad el presente y el futuro que heredan. La transformación educativa no debe nacer de la confrontación, sino de la esperanza y del compromiso de una ciudadanía que inspira y orienta los cambios que los poderes públicos deben hacer realidad y no al revés». Para saber cómo es, y cómo debería ser la formación, lectiva y emocional de nuestros niños, entrevistamos a Sonia Díez, educadora, psicóloga y presidenta del Comité Científico de la Cátedra UAM. 

¿Prepara la escuela a los niños para la vida adulta?

Según comienza explicando la experta en psicopedagogía, «todos (familias, docentes y jóvenes) percibimos que la escuela se ha quedado desajustada respecto a la vida real. Hoy en día, lo esencial no debe ser memorizar contenidos, sino enseñar a los niños a ser personas responsables, con iniciativa y resiliencia. Nuestro modelo educativo sigue siendo excesivamente lineal: continúa funcionando como si todos los niños fueran iguales y aprendieran del mismo modo, no hay personalización».

Ante la pregunta de ‘qué es lo que debería pasar en las aulas’, Díez lo tiene claro: «Debería pasar la vida, con tiempo para pensar, escucharse, equivocarse y aprender de ello. Deberíamos recuperar el valor de la palabra, del diálogo, del respeto mutuo y del sentido de comunidad. Educar no es transmitir información, es cultivar personas. Forjar mejores personas significa enseñar a convivir, a resolver conflictos, a cuidar de uno mismo, de los demás y del entorno. Si queremos una sociedad más justa, la escuela tiene que ser su ensayo general».

¿De quién es la ‘culpa’ del fracaso escolar?

El llamado fracaso escolar es, en realidad, «un fracaso del sistema, no del alumno. Ningún niño fracasa por elección». Lo que ocurre es que muchos no encuentran en la escuela un sentido ni una motivación que conecte con su realidad o sus talentos. «Deberíamos asumir que el sistema educativo necesita una reconversión».

¿Y qué pasa si hablamos de motivación? «Cuando un docente se siente valorado, acompañado y libre para enseñar con sentido, contagia entusiasmo. Pero si se ve saturado, controlado por la burocracia y emocionalmente agotado, es imposible que inspire. Muchos jóvenes perciben la escuela como un espacio que les exige pero no les escucha. Y muchos docentes sienten que se les pide ser héroes sin los medios necesarios. Recuperar la motivación pasa por devolver sentido y esperanza: que lo que se enseña importe, que las personas cuenten, que el aprendizaje sirva para vivir mejor».

El gran problema según la psicóloga es que vivimos en una sociedad acelerada: «Los niños crecen rodeados de información, pero con poca conversación; conectados digitalmente, pero solos emocionalmente. La felicidad no depende de tenerlo todo, sino de sentirse parte de algo. Los niños necesitan vínculos sólidos, adultos coherentes y entornos donde puedan explorar sin miedo. El bienestar infantil no puede medirse sólo en rendimiento académico, sino en alegría de vivir, en confianza en uno mismo y en la capacidad de disfrutar aprendiendo».

¿Prepararles para la vida laboral, o para la emocional?

Díez tiene claro que ambas partes son complementarias; una buena preparación para la vida laboral empieza por una buena preparación personal y emocional. «El mundo del trabajo que nuestros jóvenes van a habitar exige adaptabilidad, pensamiento crítico, creatividad, cooperación y ética».

Uno de los grandes problemas tiene que ver con la (no) prevención de la ansiedad e, incluso, el suicidio. «Los centros educativos no pueden sustituir a la sanidad, pero sí pueden convertirse en entornos protectores donde nadie se sienta invisible.

La prevención empieza mucho antes de la crisis. Empieza cuando un niño siente que puede hablar sin ser juzgado, cuando un profesor tiene tiempo para escuchar, cuando las emociones se integran en la vida escolar y no se tratan como una debilidad».

Estas son las herramientas con las que deberían salir los escolares ‘a la vida’

Sonia Díez explica que los jóvenes «deberían salir de la escuela al mundo con autoconocimiento, gestión emocional y sentido de propósito.
 El autoconocimiento les permite saber quiénes son, qué les motiva y qué límites y talentos tienen. La gestión emocional les da recursos para afrontar la frustración, el conflicto o la incertidumbre; y el sentido de propósito les ayuda a entender que su vida tiene un valor que trasciende lo individual».

Para lograrlo, la escuela debe «dejar de ser un lugar donde uno va a rendir cuentas y se convierte en un espacio donde se aprende a vivir con los demás.
Un niño se siente seguro cuando percibe que su voz importa, cuando los adultos a su alrededor le tratan con respeto y coherencia; y se siente valioso cuando su singularidad es reconocida, cuando puede equivocarse sin miedo».

Fuente: Heraldo