Sonia Díez (EducAcción): “La educación está en un momento de reconversión histórica”
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La educación está viviendo un punto de inflexión que, según Sonia Díez, autora de ‘El fin de la educación tal y como la conocemos’, (Media Luna), no debe entenderse únicamente como un momento de crisis, sino como la mayor oportunidad de transformación de las últimas décadas.
Así lo plantea al explicar el sentido del título de su nuevo libro, que contiene una doble lectura: por un lado, un aviso urgente sobre el inevitable cambio que afronta el sistema educativo; por otro, un mensaje de esperanza, una invitación a imaginar la posibilidad de un modelo más coherente con la esencia misma del acto de educar. Para ella, el “fin de la educación” no es el derrumbe de una institución, sino el cierre de una etapa de 250 años marcada por el inmovilismo y la estandarización heredada de la era industrial. Solo aceptando que ese marco ya no responde al mundo actual, ni mucho menos al futuro, se podrá, a su juicio, diseñar una educación verdaderamente adaptada a nuevas realidades.
Díez es educadora, psicóloga, economista y CEO española, y, entre otras responsabilidades, presidenta de la Fundación EducAcción; miembro del comité científico del Instituto de las Naciones Unidas Para la Formación y Desarrollo del Liderazgo, CIFAL-UNITAR y presidenta del Consejo Científico del congreso internacional EducAcción. Ella es la protagonista de ‘El Pupitre Digital’, el podcast de ÉXITO EDUCATIVO que dirige y presenta Víctor Núñez, y que se difundirá íntegro el próximo lunes 15 de diciembre.
A su juicio, el sistema educativo ha agotado la lógica para la que fue concebido: un modelo pensado para producir trabajadores eficientes, con procesos rígidos, con jerarquías claras, tiempos marcados y un currículo uniforme. Lo que llama “el inmovilismo de dos siglos y medio” ha perfeccionado un engranaje que ya no puede mejorarse más, porque responde a un mundo que ha dejado de existir.
Ahora, con la eclosión de las inteligencias artificiales y la aceleración de tecnologías capaces de transformar la vida laboral, social y cultural, urge abandonar esa mirada antigua para abrazar un horizonte imprevisible pero lleno de posibilidades. La novedad del momento, sostiene, está en que la educación puede por fin rediseñarse desde el propósito: no para responder a un pasado industrial, sino para formar a personas capaces de convivir con futuros inciertos.
En este contexto, reivindica el papel del educador como figura esencial, no como proveedor de contenidos, sino como acompañante del aprendizaje. Recupera la imagen del “serpha”, el guía que transita con el aprendiz, que acompaña sin sustituir, que orienta sin imponer. Ese es, para ella, el sentido profundo del oficio. Y es también el motor de su llamamiento a la acción: los docentes deben asumir un rol activo en el diseño del futuro educativo, no recibirlo como algo decidido por otros. El cambio no consiste en adaptarse de manera sumisa a la tecnología o a un nuevo modelo, sino en “adaptarse en pie”, participando del proceso y contribuyendo a construir ese futuro con cada acto cotidiano en el aula.
Pero este cambio debe producirse en una sociedad que, advierte, sufre una especie de “indefensión aprendida”. Del mismo modo que los experimentos psicológicos clásicos muestran cómo los animales pierden la iniciativa cuando sus acciones no tienen efecto en el entorno, la ciudadanía ha interiorizado la idea de que poco puede influir en la evolución de grandes sistemas como la educación. Se delega todo en normas, administraciones, políticos o expertos, y se pierde la noción de corresponsabilidad. La entrevistada denuncia que esa pasividad colectiva ha diluido el compromiso con la innovación educativa, justo cuando es más necesaria que nunca. El marco de referencia se ha quedado obsoleto y solo una reflexión compartida puede redefinirlo.
La alternativa a esa parálisis es lo que ella llama “posibilismo”: no un optimismo ingenuo, sino la convicción de que el cambio es posible si se planifica con rigor, evidencias y participación. Las innovaciones que han mostrado resultados en España o en otros países, afirma, no pueden quedar en anécdotas aisladas dependientes de un docente líder. Deben convertirse en estructuras estables, evaluadas y extendidas.
El sistema educativo no está en decadencia, insiste: está en un “momento de tránsito”, como otros sectores económicos que vivieron reconversiones profundas en el pasado. La diferencia es que esta reconversión afecta al futuro de toda la sociedad, porque lo que está en juego es la capacidad de formar ciudadanos capaces de pensar, crear y actuar en un mundo incierto.
A lo largo de la entrevista, recurre a paralelismos históricos: sectores como la siderurgia, la minería o la banca sobrevivieron gracias a inversiones extraordinarias destinadas a su modernización, a la recualificación profesional y a la redefinición de sus funciones. La educación, sostiene, requiere una estrategia semejante.
Pero antes de reclamar financiación, hay que definir un plan: establecer un consenso social sobre el rumbo que debe tomar la educación. Y ese consenso, subraya, no nacerá de la política partidista. Para ella, es un error esperar un pacto educativo universal de quienes participan en una lógica competitiva permanente. “El juego de los políticos no consiste en pactar”, afirma, sino en ganar. Por eso pide que el liderazgo del cambio lo asuma la sociedad civil.
Esta convicción la ha llevado a impulsar el Observatorio para el Futuro de la Educación, integrado por expertos de diversas áreas. Su misión: identificar qué debe cambiar, pilotar las transformaciones y, posteriormente, trasladarlas a las administraciones para su regulación. Cree que la educación necesita cambios urgentes y coordinados, pero también experimentación: solo los proyectos piloto con resultados comprobados permitirán construir un modelo sólido. Y en ese proceso, defiende, deben participar no solo docentes y especialistas, sino también los alumnos, cuya experiencia de usuario, “completamente olvidada”, debería ser central en el diseño de cualquier política educativa.
Las notas, lo segundo
En la entrevista, denuncia que el sistema actual limita la autonomía de los estudiantes en aspectos fundamentales: qué aprenden, cómo lo aprenden, cuándo y en qué espacios. Los centros educativos, señala, muchas veces no están a la altura de los entornos reales en los que los jóvenes se desenvuelven fuera del aula, donde la personalización es norma en todos los servicios sociales: desde el ocio hasta el consumo. Además, propone que la evaluación del impacto educativo vaya más allá de las notas. Hay colegios que trabajan en condiciones desfavorables y logran transformaciones sociales profundas que jamás aparecen en un boletín de calificaciones. Sería imprescindible, en su opinión, medir su aportación ambiental, social o comunitaria para valorar su calidad de manera justa.
La entrevistada aporta también una visión internacional que contrasta con el discurso dominante en España. Lejos de centrar la atención solo en modelos muy publicitados como Finlandia, sostiene que países latinoamericanos están desarrollando iniciativas sorprendentes: menciona avances en Colombia, México y otras naciones, donde observa creatividad, innovación y proyectos de gran impacto.
También cita experiencias radicalmente distintas entre sí, pero igualmente inspiradoras, como la Green School de Bali, donde la educación se integra con la naturaleza y la autonomía del alumno, o los modelos de Singapur y Corea, donde la inteligencia artificial se usa para automatizar tareas repetitivas y liberar tiempo docente para la interacción humana. En Estados Unidos, destaca dos décadas de experimentación continua para definir cómo mejorar competencias a través de estructuras de participación y aprendizajes más personalizados.
Todos estos ejemplos, argumenta, demuestran que la educación está por reinventar y que el reto de cada país es diseñar su propia “fórmula mágica”, aprendiendo de otros, pero sin copiar modelos ajenos. España, asegura, tiene una oportunidad enorme: aunque llega tarde a algunos procesos, puede implementar soluciones basadas en décadas de experimentación internacional. Lo importante es que los políticos no se precipiten. Lo urgente no es legislar, sino definir criterios, analizar evidencias, pilotar transformaciones y, solo después, regularlas. Para ella, la reconstrucción del sistema educativo no es solo deseable: es inaplazable.
Fuente: Éxito Educativo
